La ninfa del Libertador

Si regresamos millares de lunas que han pasado e imaginamos a los hombres de la antigüedad, las estrellas serán las escritoras de la historia. Ellos leían cartas de amor y de tristezas en los cielos, en la inmensidad del firmamento. Los árboles, los animales, los ríos, las montañas, todo, era un gran libro abierto. Según los griegos, la historia guardaba el mar para las Nereidas. El oleaje era la sonrisa de estas ninfas amigas de los marineros. Amables y benéficas, sus hermosos espíritus ostentaban las riquezas del océano. Vivían en lo profundo del mar, en un palacio de luz donde pasan el tiempo junto a su padre, hilando, tejiendo y bailando.

Nosotros tenemos una Nereida. Nació en las Islas Canarias, España. Era una ninfa soñadora y trabajadora. Desde muy pequeña aprendió a hacer las labores del campo y saber cuándo la cosecha traería felicidad a los campesinos. Una noche, custodiada por los ángeles, alzó vuelo hasta los sueños. Estaba con su hermana y ambas cargaban sobre sus cabezas sendos cubos de agua. Observaron los maizales del paisaje, plagados de unas flores amarillas que señalan la pérdida de la cosecha. A lo lejos, un estandarte rojo se distinguía. Nereida cruzó las espigas enrumbadas hacia el sol, se acercó al banderín rojo y notó que no era ningún pendón, que se trataba de un hombre vestido de escarlata, con las botas enfangadas y el rostro y cabello húmedo de faena. Trató de ayudarlo, saber qué le pasa, pero mientras más se acercaba, él se alejaba. No sabía por qué, pero nunca olvidaba ese sueño sencillo.

Al día siguiente regresó de los sueños para encontrarse con su tesoro más querido: una pequeña colección de estampillas de correo. Revolvía los papeles de los forasteros para desprender esas pequeñas joyitas que se adhieren a los sobres epistolares. Tanto era su afán, que le solicitó a su maestra un gran favor: que escribiera a un monje que vivía en Venezuela una carta, pidiéndole un libro sobre la filatería nacional.

Pasaron los meses. En sus sueños, ella se sentó a orillas de un estanque embellecido por miles de lirios amarillos que flotaban sobre el agua. Del otro lado aparece aquél hombre vestido de rojo y le pide con gestos que se acerque a ella. Pero como no sabía nadar no pudo conversar con el extraño misterioso. Cuando amaneció, un gran regalo llegaría de manos del sol: la respuesta de Venezuela.

Con sus manitos ansiosas, abrió el paquete que tanto esperaba. El libro que le enseñaría toda la filatería venezolana. Pero no fue así. Le enviaron un libro titulado “Simón Bolívar, Libertador de Venezuela”. Hubo un poco de decepción en su esperanza infantil. Ella quería barajitas y recibió un libro de historia. Pero, con el curso del tiempo, la curiosidad la llevará a ojear las páginas y descubrir al hombre de sus sueños: Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, aquél que en sus fantasías la invitaba a cruzar el estanque y sobresalía por su traje rojo entre los maizales dorados.

El enigma creció junto a ella. Se embebía libros de historia de Venezuela, de las hazañas del Libertador de América, de su infancia altanera, su juventud rebelde, las tardes encantadoras junto a su maestro Simón Rodríguez, su profundo amor por María Teresa, su decisivo puño libertario, la pasión por Manuelita Saénz, el cariño por Antonio José de Sucre, sus estrategias políticas y militares. Aprendió todo lo que podía saberse de Bolívar, pero el corazón de Nereida necesitaba más. Necesitaba a Venezuela.

Nereida viajó con la sonrisa del oleaje. Vino a Venezuela en fuga conspirativa contra su padre. Su madre y su abuela se hicieron cómplices de la evasión y convencieron al despachador de pasaportes que alterara su edad dos años para que pudiera viajar como adulta. Fue así como una niña disfrazada de mujer navegó en busca de nuestra patria, en busca de sus sueños, en busca de Bolívar.

Poco tardó su padre en descubrir la farsa. Iracundo y diligente, logró que el Reino de España le pagara el traslado a América para buscar a la traviesa fugitiva, que para entonces ya tenía albergue y labor. Ella, hermosa y juvenil, trabajaba de cocinera, aunque no sabía freír ni un huevo. En medio del vapor fogonero, recibió una carta de su madre en la que le explicaba el próximo paquete que recibiría de España: su padre con ganas de azote.

Nereida vivía su dolor contando a sus amigos el inminente regreso a las Islas Canarias. Entre los sollozos emigrantes había un joven portugués, que hacía las veces de carnicero y quien, mediado por el amor, le propuso matrimonio. Así se casó e hizo una familia en la Patria Bolivariana.

Desde que pisó arenas de la Guaira, Nereida va hasta el Panteón Nacional y le lleva flores Amarillas al Libertador.

Nereida cultivó en Venezuela la más distinguida colección de estampillas del Libertador de América. Pero su colección predilecta son los sueños con el Libertador. Sueños que no cuenta. Sueños que son sus secretos. Sueños que hacen otra historia. Nereida siempre sonríe y dice: “Yo he llevado a Bolívar por todo el mundo”. Y, después hace la salvedad: él está en el mundo entero.

Bolívar y Nereida viajaron de polizontes a Cuba. Una vez, durante la llamada “IV República” en nuestro país, los gobiernos Venezuela y Cuba rompieron relaciones. El pueblo de la isla antillana esperaba a Nereida para que expusiera su extraordinaria colección de estampillas bolivarianas. Era un viernes en la tarde y le anunciaron que no podría viajar. El Presidente de la Filatería Nacional venezolana llegaría a La Habana porque había tomado la precaución de hacer escala en Panamá y de allí, viajar a Cuba. A Nereida nunca le llega tarde la picardía y se colocó en fila india tras él cuando le estaban sellando el pasaporte para salir de Venezuela a Panamá y le dijo al encargado: “soy su esposa”. Siguió su curso hasta el Corinto Americano.

En Panamá mayor era la angustia que la embargaba. Estaba segura de que iba a ser deportada. Tenía la certeza: a Cuba no llegaría. Hizo la misma fila india tras el Presidente de la Filatería Nacional, pero en vez de acusarse como su esposa, dijo la verdad. Habló con todos los funcionarios del aeropuerto que estuvieron al alcance de su compromiso con Bolívar. Fueron tan conmovidos por su amor que llegó a La Habana. Ganó la medalla de oro por su colección.

En otra ocasión, Nereida llegó a París y casi abrazando al horizonte observó una estatua, “Allá está Bolívar”, dijo. Y su acompañante soltó una carcajada y la increpó: “Tú ves a Bolívar en todas partes”… es verdad, ella lo ve en cada rincón y lo tiene en cada rincón. Marchó hasta la estatua. Por supuesto, compró un ramo de flores amarillas para la ofrenda. Era Bolívar.

Mientras escribo éste cuento, entre las luces del antiguo edificio de Correos de Carmelitas, baila Nereida. Su danza es la de la cotidianidad, la del ir y venir de los clientes que buscan escribir sus historias personales, aquellos que tienen algo que contar en la distancia, aquellos que para no ahogarse de pasión o de tristeza son socorridos por la sonrisa gentil de Nereida. Sobre su frente la luz dibuja una paloma blanca. Vigilante a su lado, el gran amor de su vida, el Libertador de América.

En conmemoración del 175 aniversario del fallecimiento del Libertador de América.

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