Estwitpidez 2.0 y los espontáneos de Washington

Moldavia. Abril del 2009. Era un día 5. Natalia Morar estaba frente a su computadora. Para la fecha ya el Partido Comunista de su país había ganado tres elecciones consecutivas. Ese día alcanzaría nuevamente la victoria. Natalia se indigestaba. Era una más de un grupo de siete amigos, jóvenes todos, lozanos, que se irían demasiado a cualquier país de Europa donde “se vive mejor”. Días antes, en un cafetín acordaron gritar fraude. Había llegado la hora. Tuit y a la calle.
“Decidimos organizarnos en una rápida protesta para el mismo día (las elecciones). Usamos Twitter, además de otras redes sociales y SMS”, recuerda la chica. “Pensábamos que íbamos a ser unos doscientos amigos, entre amigos de amigos y colegas, pero cuando fuimos a la plaza y vimos a unas 20.000 personas, fue increíble”.
Aunque los comunistas ganaron las elecciones con el 50% de los votos para estos chiquillos el resultado era fraudulento. Pacíficamente ingresaron a la fuerza en la sede del Parlamento. Pacíficamente irrumpieron en la oficina del Presidente. Pacíficamente lanzaron el mobiliario por las ventanas y Pacíficamente incendiaron edificios públicos. “Si se encontraban un cuadro de Bolívar, de seguro lo metían en el baño”, me dijo una amiga cuando comentamos el tema.
La prensa estadounidense no tardó en laurear la revuelta. La denominaron “revolución twitter”. Natalia era parte del teatro: la mostraban como la heroína espontánea que con sólo un tuit inició una ola de disturbios que casi derroca al gobierno.
La “revolución Twitter” fue la versión local de las llamadas Revoluciones de Colores, golpes de estado suaves promovidos por Washington en varios países que les resultan incómodos, desagradables, demasiado desalineados en relación a sus intereses.
Moldavia, por ejemplo, se negaba a ser parte de la OTAN. Moldavia se vinculaba con Rusia. Y el sistema económico…. Oh, demasiado independiente. Eso preocupaba a Estados Unidos.
Meses antes de las elecciones, el embajador gringo organizó una tertulia para “debatir el tema de la ayuda de Estados Unidos en las elecciones parlamentarias del 2009”. Asistieron señores muy célebres de la USAID, dirigentes de la fundación Eurasia del IREX, del Instituto Democrático internacional (NDI) y del Instituto republicano internacional (IRI). Un cofre repleto de las joyas del imperialismo mundial en un ámbito donde no parece molestar mucho si eres demócrata o republicano, porque dentro del reparto del bipartidismo gringo todos se contentan con ser opresores del resto del mundo.
Ninguno de esos gringos cuestionó cuando Bush llegó a la Casa Blanca por los caminos costeros de la Florida, no obstante, desde la embajada trazaban la campaña política y de propaganda que les ayudaría a cantar fraude ante un resultado adverso, también planeaban una serie de medidas para enfrentar que el partido comunista que estaba “tentado de disponer de todos los medios para perpetuarse” en el poder, decían. Y apoyaron a la oposición.
El embajador en persona se encargaba de afinar todos los detalles y ofrendó becas a jóvenes de ONG’s que “quisieran luchar por la democracia”. Como aquella que le dieron a Yon Goicochea y que devoró solito, según reclamó por Twitter su excompinche Ricardo Sánchez.
Así comenzó en Moldavia la campaña “Hai la vot!” (Vamos a votar), con un grupete de muchachitos alienados paseando a bordo de un camión (al mejor estilo del autobús del progreso). Estados Unidos sabía que todos los esfuerzos en propaganda no rendirían frutos. Por eso los gringos conformaron una Coalición de 2000 observadores cuyo único objetivo era escudriñar el proceso electoral con el objetivo de conseguir irregularidades (como aquella célebre de Capriles “la testigo Betsy no se presentó). El día de las elecciones la Coalición emitió 4 comunicados escandalosos. Muchos de sus miembros ya venían con experiencias de desestabilización en otros países. Los muchachitos salieron a protestar. La Unión Europea certificó el triunfo comunista y pasó la tormenta.
Una tarde Twitter le preguntó a Natalia ¿qué está pasando?. Decidió no contestar.

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