Autocrónica de la yankimarcha

Primero muerta que sencilla” se dijo a sí misma al autoconvocarse a la yankimarcha. Aplastó con su gorra el cabello llamativo por el estilo punk-futurista que le dio su peluquero chavista. Se estrenó la blusa que decía “el que se cansa, pierde” y se puso sus pantalones hindúes para no extraviar la energía. La noche anterior se había descargado a una amiga chavista por el Facebook porque “que bolas, se tomó una foto con su nueva tablet canaima y -encima- presume, ni que fuera un iPhone la verga esa”. Desde entonces, había acumulado su arrechera para descargarla un sábado de calle.
Mucho tiempo hacía que no iba de a pie. Siempre usaba su carro, con el combustible más barato del mundo, una verdadera envidia para cualquier europeo. Caminaba sobre sus crocks, sorteando la basura que Santo Ocariz dejó. Detalló decenas de grafitis que nunca veía: los ojos de Chávez, Chávez caminando, Chávez con traje y un pote de pintura, juramentos de que Chávez somos todos.
En los faros, los carteles de El Potro Álvarez y Ocariz. Se corrigió una falla del inconsciente al sorprenderse tarareando “una vaina loca”… Rectificada y en marcha….Qué ánimo tenía para la aventura subterránea del metro, subvencionado por la revolución. Se encontró con un tren que nunca había visto, gris y rojo, más rápido y furioso, “culpaechavez”, pensó.
“Estación Altamira” dijo una voz femenina. ¿Una mujer conduce el metro? Otra picardía bolivariana. Se miraba el reflejo y recordaba sus días adolescentes en la plaza Francia cuando sus amigas defendían la inteligencia de Hitler entre aplausos de generales golpistas inflados de heroicidad por los medios de comunicación.
Guardaba en secreto la esperanza de ver a Capriles, ese flaquito absuelto del erotismo del Caribe, sin una pizca de salero en el cuerpo tan hierático que se desmaya, se derrite, al contacto con el sol. “Esta vez vendrá, porque nos autoconvocó” se decía a sí misma.
Surgió debajo de la tierra. Que fácil y que rápido se llega del este del este al este del centro. Se consiguió con un boulevard de Sábana Grande recuperado, con una fuente de Plaza Venezuela esplendorosa, llena de brillo y revolución por todos lados. Lo que sus ojos vieron no le hizo pensar en su propia realidad, en su propia vida, en cómo logró comprar su propia casa gracias a las facilidades que le dio la Banca Pública, en que su familia (el bien más preciado) va a curarse en el Sistema de Salud que Chávez creó y reconstruyó, en el hecho de que logra enfrentar el acaparamiento de comida que cívicamente le impone la burguesía comprando alimentos en Mercal y PDVAL, en el hecho de que incluso ha trabajado para el Estado, y nunca ha marchado obligada porque ella no recibe ni la invitación, todos saben que es escuálida. La revolución le había dado mucho en la vida, sólo que ella no se sentía lo suficientemente viva como para ser testigo.
Mientras cruza la calle, ve cómo un grupo de representantes de la sociedad civil hostigan a una señora que pretende cruzar la zona en su carro. “Chavista de mierda, ojalá te mueras” gritaban. De música incidental, un cacerolazo personalizado, un servicio exclusivo del odio más irracional subvencionado por los que en la campaña trataron de convencernos de que “Venezuela es de todos”

Unos metros más adelante ve a María Lourdes Afiuni, una jueza que malversó su propio poder para dejar libre a un banquero prófugo que se fue a vivir en grande con los dineros de los ahorristas, o como les gustan llamar a esos personajes en la oposición, un hombre próspero. Afiuni, que fue presa y obtuvo medida sustitutiva so pretexto de que estaba muy enferma de cáncer, también se hizo presente disfrutando de la calle por cárcel con su koala y su bandera.
Aunque estaba acompañada por sus copartidarios nunca se sintió tan sola. Se habían autoconvocado pero abundaban banderas de partidos políticos, todos tratando de imponerse, de verse más que otros. Era una reunión de “los mismos de siempre” con las mismas ambiciones de poder, con el mismo financiamiento del norte.
Sorpresa: comienza la verbera y empieza a hablar Ramón Muchacho, candidato a alcalde por Chacao. Escondía su desilusión: ¿no se habían autoconvocado?, era un mitin político electoral, no hubo espontaneidad, ni rebeldía. Discurso breve seguido por David Smolanski, un tipo que tuvo que pelear a mordisco y cuchillo su candidatura de la “unidad”, porque “nos unimos hasta que llega el reparto por un carguito”. Habla Ocariz, ahora imbuido en su nuevo look bochornoso y presuntamente culpable de tufo. No aguantó un minuto ante el micrófono. Como quien gana el trofeo a la “Revelación del año” apareció Gerardo Blyde, llegado a candidato por una inhabilitación política del electo en primarias… “Es que nos ponen a cualquier malandro de opción”. Y aplausos, Ismael García, con su pasado lavado en una militancia guarra en Globovisión, su mejor inversión en los últimos años. Le siguen María Corina y Leopoldo, este maratón parece ya la pulga y el piojo, ¿que coño es esto? Esos ni candidatos son. Vuelve el mitin con Ledezma (que ladilla ese señor) tratando de venderse como una opción nueva de la vieja política, hasta que por fin, llega el flaquito y su discurso que parece un patchwork de frases de la línea Halloween de tarjeterías Hallmark: “mejórate pronto”, “Nicolás es colombiano”, “no te tengo miedo”, “sé hombrecito”, “nos vemos a la salida”, “te voy a acusar con tu mamá”.
Frita por el sol, se retira antes que Capriles termine su discurso. Otra vez se había comido el plato con postre de que la sociedad civil se auto organizaba, cuando en realidad los políticos estaban jugando una estrategia para renovar el fracaso: de la coordinadora democrática a la MUD no sabemos cuanto más se puede reciclar ese plástico.
Se va demasiado al Bicentenario. Allí la vaina es otra, la vaina es Navidad. Sube el umbral mecánico y cuenta las miradas de Chávez en el tránsito. Se toma un Cacao Venezuela y se confiesa en secreto de que -tal vez- es el mejor chocolate caliente del mundo. Mira las vidrieras de ropa del Este del Este a precios maduros. Oye al fondo los gritos del mitin “pueblo madura…” y se decide a descargar toda su arrechera contra su tarjeta de débito. Y compra. Compra como loca lo que necesita y lo que no. Hasta se detiene en Venezuela Productiva automotriz y se siente tentada de comprar un carro: “erga, ese Orinoco está pavo”. Pobre, con el consumo cree que sana su alma.
De vuelta a su casa, frente al ascensor recibe un texto de una amiga “enchufada” en el comando de campaña eterna de Capriles: “Ami, esta noche el flaquito va a estar por CNN, no te lo pierdas”. ¿Es que el guevón ese quiere es ser Alcalde de Nueva York?, ¿qué coño hace en CNN? nos autoconvoca a una marcha con fines superiores como derrocar al marginal ese y es una emboscada para recolectar votos”. Entra a su cueva, se mira al espejo, ¿el que se cansa, pierde?…

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