“Las cucarachas deben morir” así llamaban los medios a matar en Ruanda

Ruanda es un pequeño país anclado en la región de los Grandes Lagos y fronterizo con Uganda, Tanzania, la República Democrática del Congo (ex Zaire) y Burundi. De su tierra nacen turgentes arbustos que nos hacen presumir que su suelo es fértil. Un 80% de sus ocho millones de habitantes son hutus; casi todo el resto, tutsis, entre ellos no hay distinciones físicas o lingüísticas que los separen. Hermanos separados por el oficio, en el siglo XI después de Cristo, los tutsis, que son hutus dedicados a la ganadería y los hutus, que son tutsis dedicados a la agricultura llegaron a Ruanda. Los hutus, por razones culturales, siempre han tenido una alta tasa de natalidad. Y convivían, en paz. Hasta que avanzado el siglo XVI, los tutsis iniciaron una campaña militar contra los hutus, capturando a los principales jefes militares a los que humillaban cortando sus genitales. Los tutsi empezaron a dominar el territorio, y a someter a los hutus a la exclusión.

“Si bien sólo constituían el 15% de la población, su modelo de subsistencia basado en la ganadería se impuso al de las tribus existentes y les permitió implantar un sistema feudal que centralizaba el poder en un rey autoritario –Mwami– y una pequeña corte tutsi procedente de la nobleza, únicos conocedores del Ubwiru (El Ubwiru o Abiru es un código divino impuesto por la voluntad de Imana -Dios- cuyo contenido exacto sólo conocía la corte del rey y éste último. Fue utilizado por los monarcas tutsi hasta la proclamación de la república en 1962, como un conjunto de leyes que regían el ámbito público de la sociedad ruandesa). Los tutsi pasan así a convertirse durante el siglo XVI en señores feudales y los hutu en sus siervos.”

Cuando el continente africano sufrió la invasión de europeos, que dominaban zonas e intervenían en las políticas de los países bajo el yugo de la colonización, Ruanda observó a los belgas favorecer a la minoría tutsi, pero con el tiempo los consideraron unos esclavos muy golosos y empezaron a apoyar a los hutus y se empezaron a conformar los primeros partidos políticos, representando-como es natural- a las clases en conflicto.

Los Tutsis preguntaban:

“Podría preguntarse cómo los hutus reclaman ahora sus derechos al reparto del patrimonio común. De hecho, la relación entre nosotros (tutsis) y ellos (hutus) ha estado siempre fundamentada sobre el vasallaje; no hay, pues, entre ellos y nosotros ningún fundamento de fraternidad. Si nuestros reyes conquistaron el país de los hutus matando a sus reyezuelos, y sometiendo así a los hutus a la servidumbre, ¿cómo pueden ahora pretender ser nuestros hermanos?”

El obispo Perraudin, que fue determinante en el proceso de emancipación hutu, respondía:

“La ley de la justicia y de la caridad pide que las instituciones de un país aseguren realmente a todos sus habitantes los mismos derechos fundamentales y las mismas posibilidades de promoción humana y de participación en los asuntos públicos. Las instituciones que consagren un régimen de privilegios, favoritismo, proteccionismo, bien sea para los individuos o para los grupos sociales, no son conformes a la moral cristiana.”

El 1 de noviembre comienza un enfrentamiento armado entre ambas etnias. Durante dos años se contabilizadon 74 fallecidos por violencia político-étnica: 61 era hutus asesinados por tutsis que pretendían sofocar el movimiento revolucionario e insurreccional que se gestaba. La violencia se incrementó y dos años más tarde la relación de víctimas cambiaba radicalmente: 20.000 tutsis murieron asesinados y otros 15.000 se exiliaron. El 31 de mayo de 1961, los hutus dominaban el país y la ONU declaraba una amnistía. Ese mismo año se independizaron de Bélgica.

En 1972, 350.000 hutus fueron asesinados por tutsis y desde entonces, el sentimiento de rencor es el que domina las relaciones entre ambas tribus.

“La población comenzó a exigir a su presidente Grégoire Kayibanda mano dura contra la antaño clase dominante en el país y la respuesta insatisfactoria por parte del presidente y los casos de corrupción en el gobierno, provocaron el golpe de Estado del general Habyarimana (de origen hutu), en julio de 1973”

Con el apoyo de Francia, el Banco Mundial, y una política de aparente conciliación nacional, el dictador logró mantenerse con el respaldo de la Comunidad Internacional: Hasta la famosa trasnacional Amnistía Internacional daba cuenta del respeto a los derechos humanos mientras los tutsis contaban con lo más importante: el dominio financiero. Jóvenes Tutsis empezaron a reclutarse en el llamado Frente Patriótico Ruandés que se encargaba de formarlos ideológicamente y militarmente, conformando brigadas clandestinas que diseminaron por toda la nación.

Observatorios internacionales empezaban a declarar a la prensa: “las Fuerzas Armadas Ruandesas (FAR), junto con las milicias hutus, estaban involucradas en una feroz represión de todos los opositores tutsis; entre ellos, la fuerte minoría tutsi exiliada en Uganda y organizada en el Frente Patriótico Ruandés (FPR)”

Hacia finales de los 80 una crisis económica asoló al país. En el año 1989 el precio mundial del café se redujo en un 50% lo que hizo que Ruanda perdiera el 40% de sus ingresos por exportación. Paralelamente, el gobierna firma un pacto con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial en Washington y ponen en marcha el llamado: programa de Ajuste estructural: el franco ruandés se devaluó un 67 %, la gasolina aumentó en 79% y se redujo la inversión social congelando los salarios e iniciando un proceso de despidos masivos en la administración pública. Esto tenía una traducción concreta en la realidad: mientras el costo de las importaciones se incrementaba, el precio del café (principal rubro de producción) se estancaba… A petición del FMI. La dupla diabólica Banco Mundial – Fondo Monetario Internacional, permitió al gobierno ruandés presentar facturas viejas de importaciones que cubrían la compra de bienes importados, bajo esta brecha presupuestaria el gobierno pudo triplicar su gasto armamentista.

En 1990, el Frente Patriótico Ruandés invade el país desde la vecina Uganda. Se mantendrán en guerra hasta 1993.

“Fuentes oficiales indicarían que antes del genocidio (de 1994), 200 mil campesinos hutus fueron asesinados a manos de los Tutsis.  Dichos campesinos habrían sido masacrados y a muchos de ellos les sacaban sus intestinos y los ataban con ellos para generar pánico en la población.  De esta masacre nunca se habló” 

El 6 de abril de 1994, el avión del Presidente Juvenal Habyarimana, un Falcon 50 jet (regalo del Primer Ministro francés Jacques Chirac) fue impactado por un misil, se estrelló cerca del aeropuerto de Kigali. La radio local, ‘La Radio de las Mil Colinas’ también conocida como la ‘Radio del Odio’, comienza su campaña de odio hacia los tutsis.

“Unos días después del asesinato del presidente Habyarimana, vimos en acción a soldados europeos vistiendo uniformes del Ejército ruandés. Había muchos militares franceses en el Estado Mayor del Ejército ruandés y, en particular, en la Guardia Presidencial. ¡Y se quedaron hasta el final!” General Roméo Dallaire.

El día siguiente, el 7 de abril, la primera ministra Agathe Uwlingiyimana y 10 soldados belgas de las fuerzas de la ONU que la custodiaban, fueron asesinados por la guardia presidencial. La ONU decidió retirar sus tropas, y la población civil quedó a la merced de radicales hutus que tomaron el poder gubernamental desde el día 9 de abril, asume Jean Kambanda la presidencia y Francia y Bélgica (ambos intervencionistas en el país) evacúan a sus ciudadanos.

Ya contaban con grupos paramilitares como el Interahamwe, de mano del partido político MRDN (Movimiento Nacional para el desarrollo) formada en su mayoría por personas de la etnia hutu. Su nombre significa “Los que permanecen juntos” o “Los que pelean juntos” “los que atacan juntos”. Se formaron para apoyar Habyarimana, a fin de hacer frente al avance de las ofensivas del Frente Patriótico Ruandés y acabar con los hutus moderados.

17 de abril en la población de Kibuye, comenzaron las labores de exterminio de la población tutsi en aquel condado. Durante los tres siguientes meses, murieron o desaparecieron casi 250.000 personas. Varios miles fueron asesinados en la iglesia de Kibuye en una sola masacre.

El Gobernador de Kibuye organizó a los gendarmes para que condujeran a la gente a dos sitios, a la iglesia o al estadio. Llevó a todos asegurando que era para velar por la seguridad de la población. A las dos semanas los “resguardados” de la violencia del país era masacrados por la policía. Esto se convirtió en un modus operandi en Ruanda: llevaban a un grupo nutrido de personas a un sitio, las concentraban y luego las asesinaban.

“El genocidio fue perfectamente planificado. Es difícil creer que la preparación técnica de las matanzas, para las cuales fue necesaria la compra de miles de machetes, no llamara la atención de los 47 oficiales franceses de rango superior incrustados en ese momento dentro del Ejército ruandés y bajo las órdenes directas del Gobierno francés” Linda Melvern.

Durante 3 meses el 85% de la población hostigó, torturó y exterminó al 15% restante con el fin de exterminarla.

La violencia sexual contra las mujeres y las niñas arma y estrategia en el transcurso del conflicto. Según declaraciones del relator especial de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, durante el genocidio se cometieron entre 250.000 y 500.000 violaciones, como venganzas o armas de guerra de ambos sectores del conflicto.

“Emma es original de Kibuye, pero se encontraba en Kimihurura, Kigali, en Abril de 1994, visitando a unos amigos de la familia. Consciente de que sus vidas corrían peligro, una amiga le recomendó que se prostituyera. Nos cuenta Emma: «Probablemente una semana antes de que comenzara el genocidio, los vecinos ya sabían que me encontraba con esta familia. El criado fue uno de los que delataron mi estancia allí. A partir de ese momento, todos los chicos de la zona, amigos del criado, venían a violarme. No estoy segura de cuántos, o del número de veces que me violaron. Había muchos y venían varias veces al día. La dueña de la casa no se preocupó por mí para nada. Dijo que incluso si miles de hombres venían a violarme, al menos seguiría aún con vida. Sufrí esta situación durante toda mi estancia en Kigali” 

Se estima que nacieron 20 mil niños ruandeses de las violaciones. Entrevistada por la BBC, una mujer ruandesa rinde testimonio del proceso de embarazo tras una violación y la concepción de una niña: ‘Fui violada tres veces en lugares diferentes y por mucha gente distinta”, dice Anastasie. ”A excepción de una persona, no sabía quiénes eran ninguno de ellos”. Esta madre ama sinceramente a su hija, pero asegura que durante su crecimiento ha sido víctima de discriminación constante: ”Mi familia le dio motes horrorosos, como ‘hiena’. Pero yo nunca quise que le ocurriera nada malo”

La niña se enteró de las circunstancias de su concepción cuando cumplió los 12 años. En una conversación con su madre, en la soledad, Diana le preguntó “si era Hutu’”. No, contestó la madre, “no lo era, que era Tutsi porque yo era quien la cuidaba, porque a mí me habían perseguido por pertenecer a esa tribu. Pero ahora somos todos ruandeses”.

Otros casos de mujeres que resultaron embarazadas por violaciones generaron sentimientos de rechazo hacia sus hijos: ‘Lo veía como a un asesino, el hijo de un asesino, aunque, por supuesto, él era inocente, no hizo estas cosas. Encontré otras mujeres con problemas parecidos al mío. No sabía que había otras que sufrían lo mismo. Pensaba que estaba sola”, testimonia otra mujer a la BBC. Asegura que ha sanado su relación con sus hijos intercambiando experiencias con otras mujeres que pasaron por lo mismo.

También se conocieron casos de abuso sexual contra hombres. Se registraron casos de hombres que fueron obligados a mantener relaciones sexuales con pacientes femeninas VIH positivo.

   “Me pidieron que tuviera relaciones sexuales con ella. Estaba tumbada en el suelo y ellos me dijeron que les enseñara las cosas que hacía con mi mujer. Cuando me opuse, uno de aquellos hombres me golpeó con un palo y no tuve otra opción que hacer lo que ellos querían. Permanecieron de pie observando, lanzándome insultos que no repetiré aquí. Ellos poseían lanzas y palos.

   Cuando hubimos terminado, ellos me dijeron que no había una muerte similar a acostarse con una mujer enferma de SIDA. Ellos sabían muy bien que el marido de esta mujer había muerto a causa del SIDA, pero yo no lo sabía, ni siquiera conocía a aquella señora”

La Comunidad Internacional

“Un anciano (en el campamento de desplazados) me dijo que sólo les habían dado un poco de maíz y me mostró un puñado. Era maíz para ganado, de grano grande, duro y filoso. Dijo que no tenían herramientas para molerlo ni agua para cocinarlo, pero que algunos niños tenían tanta hambre que se lo estaban comiendo. Los granos desgarraban su aparato digestivo. Los niños estaban muriendo, sangrando del intestino. Me preguntó qué podía hacer. No pude encontrar una respuesta. Avergonzado, volví a mi vehículo y regresé a Kigali” Extracto de “Estrechando la mano del diablo”, de Romeo Dallaire

Según se indica en la página de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Ruanda en Wikipedia, “considerando todos los datos y testimonios que se poseen acerca del genocidio de Ruanda, hay que aclarar que éste no fue exactamente un genocidio de hutus por un lado contra tutsis, por otro, sino que una falange radical y mayoritaria de la etnia hutu fue la que preparó el aniquilamiento masivo tanto de tutsis como también de hutus moderados u opositores del régimen del Habyarimana y cercanos al Frente Patriótico Ruandés (FPR). Por lo tanto, el genocidio no fue sólo de carácter étnico sino también político. Por otro lado no debemos olvidar que también hubo entre las víctimas miles de ciudadanos de la etnia hutu muertos a manos del FPR. Diversos testimonios nos aclaran que también los militares del Frente Patriótico Revolucionario cometieron asesinatos masivos. Pese a todo, está claro que los tutsis fueron masacrados: se eliminó al 75% de la etnia durante el genocidio.” Fallecieron en total entre 800 mil y un millón de personas.

Esta Misión de la ONU era comandada por el General Romeo Dallaire. “Muchos me preguntaron al regresar de Ruanda si aún creía en Dios. Yo sé que hay un Dios porque en Ruanda le di la mano al diablo. Lo he visto, lo he olido y lo he tocado. Sé que el diablo existe y por lo tanto, sé que hay un Dios”. Tras regresar de su estancia en Ruanda, éste militar intentó suicidarse en varias oportunidades. Asegura que Estados Unidos, Francia y Bélgica con los primeros responsables porque “no hicieron nada”.

Detrás de la escena, los gringos babeantes

El interés por dominar Ruanda tiene su raíz en el control de sus recursos minerales: El 80% del coltán, utilizado en la fabricación de teléfonos móviles, GPS, consolas de video juego y televisiones de plasma, entre otros, yace en esa región.  También hay importantes yacimientos de tungsteno, casiterita, cobre, cobalto utilizados en la industria armamentista. También es rica en uranio, diamantes y oro. Por otra parte, en su selva tropical, la más importante del mundo luego de la Amazonía,  está el agua del Congo y de las fuentes del Nilo, el actual recurso más codiciado.

“Se especula que el interés por controlar la región por parte de EEUU y el Reino Unido, fue lo que los hizo convertir en víctimas a la minoría tutsi. De este modo pudieron convertir a los tutsis, una casta militar, en su aliado más poderoso, entregándoles formación y armamento militar y financiándolos a través del Banco Mundial y el FMI. A los hutus en tanto, les quitaron sus armas, volviendo la contienda desigual.

Según afirmó el ex secretario de la ONU Boutros Boutros Ghali, el genocidio ruandés habría sido obra de EEUU y el Reino Unido.   Boutros Boutros Ghali comprobó cómo estas potencias boicotearon sistemáticamente cualquier intervención de la comunidad internacional para detener el genocidio.

Paradójicamente, Estados Unidos ofreció recompensas de hasta US$5 millones para por la captura de los instigadores del genocidio, que se habrían escondido en varios países africanos.” 

Los medios de comunicación

El derribado el avión del presidente Juvénal Habyarimana, se estrella y en toda Ruanda habían sólo solo había dos periodistas internacionales: Katrina van der Schoot, reportera a destajo para radio Bélgica, y Lindsay Hilsum, que trabajaba para UNICEF pero colaboraba con la BBC, The Guardian y The Observer. Días más tarde un reportero de la BBC llegaría para hablar del éxodo de extranjeros y la violencia: Mark Doyle. En condiciones espaciales logró adentrarse a Ruanda por la frontera norte, junto a las tropas rebeldes de Paul Kagame, pero luego, al descubrir que no podía seguir avanzando hacia Kigale, se trasladó a Entebbe, Uganda. Días más tarde consiguió que el General Dallaire lo trasladara en un avión del Programa Mundial de Alimentos hacia la capital del país. Es uno de los pocos periodistas extranjeros que queda en la zona y ya el 29 de abril utiliza la palabra “genocidio” para describir lo que estaba pasando.

Mientras “periódicos como The New York Times o el Washington Post publicaron crónicas diarias en aquellos momentos, pero lo hicieron en las páginas interiores, y muchas veces con fotos antiguas o sin contexto que reforzaron el mito de un enfrentamiento tribal” en los medios impresos y las radios de Ruanda se invitaba a “derribar más árboles, aún no hemos derribado suficientes” o “las cucarachas deben morir”: el mensaje que subyacía era una invitación al asesinato de Tutsis.

“La canción es una celebración, los cómplices del FPR han sido exterminados, proclama. Y sigue, Dios es justo, venid a compartir conmigo la alegría” sonaba en las emisoras de radio ruandesas. Radio Televisión Libre de las Mil Colinas era llamada la Radio del Odio.

La Radio Televisión Libre de las Mil Colinas (RTLM) comenzó a emitir en agosto de 1993. En los primeros meses, hasta el inicio del genocidio de abril de 1994 difundió de manera divertida y sutil propaganda anti-tutsi. La evidencia de que era divertida es que las guerrillas tutsi del Frente Patriótico de Ruanda preferían escuchar RTLM en vez de su propia estación de radio.

Una vez que comenzó la masacre, la línea editorial se hizo cada vez más dura y la matanza sale de las ondas radiales al terreno. Nick Hughes, un camarógrafo a destajo que estaba en Ruanda enciende su cámara a través de un lanzagranadas que dejó un soldado belga. Desde el techo de una escuela, puede ver la imagen de una mujer que alza sus brazos al cielo, rodeada de cadáveres, los paramilitares interhamwe van y vienen a su costado, parecen no verla, hasta que un par de ellos se acercan, le propinan una paliza letal y continúan su camino.

Cientos de páginas de prensa impresa fomentaba el odio y el rencor muchos meses antes del genocidio. Publicaban los llamados Diez mandamientos hutus y animaban a matar. Como la mayoría de los ruandeses era analfabeta, los llamados a exterminar las inyenzi (las cucarachas tutsis) como les llamaban, eran más eficaces cuando se lanzaban por radio.

“Durante el genocidio yo trabajaba en la Radio Mil Colinas.  Estoy acusada de ser cómplice del genocidio y de incitar a la población. Me he declarado culpable…Cuando el 6 de abril, abatieron el avión presidencial, todas las autoridades decían que los autores eran la gente del FPR, en colaboración con los ruandeses de la etnia tutsi. Nos decían que si el FPR controlaba el país, mataría a todos los hutus y que nos teníamos que defender porque si nos quedábamos de brazos cruzados nos iban a asesinar. Fue en este momento cuando empezamos a utilizar la radio para sensibilizar a la etnia hutu, para que matara a  los tutsis. Nos salía de lo más profundo del corazón. Si te convencen de que alguien viene a matarte y te dan pruebas, tú no lo negarás, dirás, de acuerdo, pues me lo tengo que cargar yo antes” Valerie Bemeliki

Aquel 6 de abril Bernard Hategekimana, editor del periódico Kamarampaka, no sabía apreciar el roce de la brisa en su piel, como cualquier hecho cotidiano esas pequeñas cosas eran diluidas por la rutina, por lo que es parte de la naturaleza y que sencillamente no nos detenemos para contemplar. Prefería entonces dedicar su atención a la publicación de artículos que “claramente incitaron a los hutus a matar a los tutsis”, según alegan hoy defensores de los DDHH.

“El tribunal popular también ha concluido que el periodista, conocido bajo el apodo de Mukingo, montó en el distrito de Kimisagara, en la capital ruandesa, un control de carretera en el que murieron muchos tutsi. Con la caída del antiguo régimen, en julio de 1994, Hategikimana se refugió en la región de Kivu del Norte, en el antiguo Zaire. Regresó a Ruanda a finales de los noventa pero no volvió a trabajar en medios de comunicación. Varios periodistas ruandeses han sido condenados por incitación al genocidio. Inspirados en las antiguas asambleas, en las que los sabios del pueblo resolvían las diferencias sentados sobre la hierba (gacaca, en lengua ruandesa), estos tribunales denominadas gacacas son los encargados de enjuiciar a los acusados del genocidio de 1994, a excepción de los planificadores a escala nacional de la matanza, quienes están siendo juzgados por tribunales clásicos. La gacaca puede condenar a cadena perpetua, la pena más grave que existe en Ruanda”

Bernard Hategekimana fue un genocida. Sobrevivió al genocido… O mejor dicho, aún conserva el movimiento cóncavo y convexo de la inspiración y la exhalación, un hecho mecánico que le permite vivir en odio, 20 años después.

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